29 Ago
2012
Posteado en: El agua y el arte, Historias del agua
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Precipitaciones aisladas, una novela

Sebastián Martínez Daniell nació en Buenos Aires en 1971 y trabaja como editor y periodista. Publicó dos novelas, la primera, titulada Semana, fue traducida al italiano. Aquí, algunas preguntas sobre Precipitaciones aisladas, su segundo libro.

¿Por qué le pusiste Precipitaciones aisladas a tu novela? Como título es incluso difícil de decir.

Decidir el título de una obra es más difícil que ponerle el nombre a un hijo porque las posibilidades no se limitan a la antroponimia sino que son, podría decirse, infinitas. Encima, una vez que el título fue establecido, nos quedamos con la incómoda sensación de que en unas pocas palabras hemos condensado malamente la multiplicidad semiótica de un libro, en cierto modo degradándola. Pero después pasa un tiempo y nos acostumbramos. En este caso, lo que me fue llevando hacia Precipitaciones aisladas fue una serie de vectores que parecían converger de modo no completamente arbitrario hacia ese cliché meteorológico. Por un lado, la novela transcurre en una isla. Por otro, el clima es un elemento de peso sino en la trama, al menos sí en el marco de referencia de la voz narrativa. Por último, la obra es llevada adelante por un único narrador en primera persona, cuya percepción de lo que cuenta no admite casi contaminaciones externas. En este sentido, bautizar a la novela con esta expresión, que es casi un lugar común confinado a la jerga de los reportes meteorológicos, le permitía al lector, me parece, abordar la posibilidad de desarmarla en su polisemia. Recordemos que las “precipitaciones” son el agua que cae desde la atmósfera, pero que “precipitar” también es, según la pintoresca retórica de la Real Academia, “provocar la aceleración de unos hechos” y, lo que es aún más interesante, “exponer a alguien o incitarle a una ruina espiritual o temporal”. Las acepciones oficiales de lo “aislado” son más conocidas: refieren a aquello que es esporádico, pero también al que ha quedado apartado “de la comunicación y trato con los demás” y a lo que ha sido cercado “de agua por todas partes”. Todo eso, me quise convencer, estaba directamente ligado con lo que pasaba en la novela.

Napoléon, el protagonista de la novela, es un meteorólogo solitario. ¿Hay una intrínseca melancolía en dedicarse a estudiar el clima?

No creo. En realidad, profesionalmente el protagonista es periodista especializado en crítica cinematográfica y actividad turfística. Se gana la vida escribiendo sobre películas y carreras de caballos en un periódico. Sin embargo, muchos lectores se quedan con la idea de que es meteorólogo. Esto ocurre, supongo, porque en la novela el clima y su estudio ingresan de dos maneras. Por un lado, porque el clima, que es por antonomasia el tema de conversación pasatista, se ha transformado, dentro de la comunidad ficticia en la que transcurre la historia, en una cuestión de debate social. En alguna de las primeras páginas de la novela, el narrador dice algo así como que en esa isla todos los ciudadanos son meteorólogos aficionados. Y existe en esa sociedad, de hecho, un Ministerio del Clima. Es decir, la conversación leve transformada en cuestión de Estado. El otro modo en que el asunto del clima intenta insertarse en la trama es más alegórico, mal que me pese. El clima como aquello que no puede ser controlado por la mano del hombre. Sí estudiado, sí comprendido, sí narrativizado, pero nunca sometido, nunca domesticado. El protagonista intenta durante la novela contar y entender qué ha pasado en su historia personal y por qué se ha separado de su mujer. Su mujer y su historia son, como el clima, elementos que puede tratar de estudiar, de entender, de narrar, pero que –según cree– no puede modificar, no puede domesticar, no puede someter a su lógica. Entonces, lo que hay en el estudio del clima no es melancolía, sino más bien un gesto desesperado por comprender y prever lo que es naturalmente incierto. En la novela sí hay, supongo, melancolía. Pero el clima está ahí para hablarnos, más bien, de la incertidumbre.

El clima está siempre relacionado con el ciclo del agua. ¿Se puede pensar Precipitaciones aisladas como una novela acuática, o al menos una novela de la humedad?

Hay mucha agua en la novela. El océano que circunda la isla y hacia el que parten los pescadores. El agua, líquida o vaporosa, que llena los baños en los que el protagonista se ducha y donde tiene experiencias eróticas y psíquicas, o quizás fantasmáticas. El agua de una llovizna y algún temporal que se desata sobre la cabeza del narrador. El agua salobre de algún llanto, aunque no hay tantas lágrimas en la novela. El agua que hierve dentro de una cacerola en la que se prepara un arroz y sobre la que flota el almidón. El agua que embebe un trapo que quiere limpiar una mancha de aceite. El agua de unos aviones hidrantes que tratan de apagar un incendio forestal. Y seguro que me olvido de algunas otras irrupciones del agua en la trama. No sé si esto todo esto transforma a la novela en acuática o húmeda, pero está claro que no se trata de una novela seca. ¿Una novela sumergida? ¿Una novela flotante, quizás? No sé, tendría que pensármelo un poco más.