16 Oct
2012
Posteado en: Historias del agua
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Buenos Aires y el agua (1)

El Río de la Plata se presenta como un compañero inexorable de la ciudad de Buenos Aires, desde su misma fundación. La mayoría de las ciudades que conocemos y habitamos hoy, las ciudades que siguen en pie, que aguantaron el paso del tiempo, de los asedios, de las administraciones fraudulentas, los saqueos y los robos que abundaron y abundan en la modernidad, se fundaron a la vera de un río, al que luego envolvieron y eventualmente pervirtieron, destruyeron y recuperaron. Sobran ejemplos. París, Londres, Roma están atravesadas por un cause fluvial. Las excepciones son más raras. Madrid, Berlín. Ciudades secas, cuya genética no está asociada al agua, y si hubo un río, se lo olvidó, de lo dejó de lado. (Como el famoso y lejano Manzanares, al cual la ciudad capital de la meseta castellana le importa poco. Casi se puede decir que pasa sin saludar.) El caso de Buenos Aires es paradigmático. ¿El río es tan grande que Buenos Aires se vuelve ciudad de mar? No, ni de cerca. El Rio de La Plata pese a su tamaño, a su desmesura, y desproporción –muy ancho, muy corto– se sigue portando como un río. Por él llegaron los conquistadores, pobres, muy poca cosa, famélicos, mal pertrechados –sobre todo si se los compara con los que fundaron, descubrieron y dominaron México–, a fundar la ciudad. Era tan agreste el terreno, tan salvajes la geografía y sus habitantes, tan poca la codicia que despertaba ese páramo, que a la ciudad tuvieron que fundarla dos veces. Y si bien había gente en el suelo de Buenos Aires, la ciudad fue española, en escenario ajeno, pero española al fin. O mejor, quiso ser española, antes de ser ella misma. Y también es innegable que mantuvo desde su fundación una relación simbólica con el río. ¿Es por eso una ciudad acuática? No, la cosa es más compleja. Si bien a lo largo de toda su historia se lo usó como estandarte y símbolo, tantas otras veces lo negó, le dio la espalda, lo ensució, desmereció, y se le escapó fugándose hacia la tierra, hacia la llanura. Incontables veces la ciudad de Buenos Aires volvió su cara y su cuerpo hacia la otro monotonía, la de la pampa. Pero al mismo tiempo nunca dejó de navegarlo, de tomar sus aguas, de usarlo y manipularlo, y sobre todo de hablar de ese Río de La Plata, que de plata, nada de nada, ni en el metal ni el color. Porque si hablamos de color, hay que decir que es bastante diarréico. Agua turbia para una capital mercantil antes que militar o política. Agua sucia para un puerto en constante movimiento. Agua de barro, turbulenta, sospechosa, para una aduana nacional. Pero agua no necesariamente contaminada, nunca del todo impura ni pura, nunca del todo sana pero tampoco enferma, nunca del todo propia porque siempre pasó y pasa y pasará de largo para ir a encontrar su destino al mar.

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